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El vampiro del panteón de Belén

El terror en Guadalajara.

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El vampiro del panteón de Belén
Foto: DreamGuy

Esta leyenda tiene lugar en la zona mexicana de Jalisco. Según se cuenta, en fecha no precisada, la ciudad de Guadalajara se vio sacudida por una sucesión de muertes extrañas, al principio de animales callejeros, como perros o gatos, más tarde de vagabundos, hasta llegar a cualquier clase de persona, por lo que la ciudad se sumió en una ola de terror. Nadie quería abandonar su hogar después de la caída del sol. El comercio se paralizó; las familias dejaron de visitarse, no era posible confiar en nadie. No obstante, más que el temor a un asesino que estuviese asolando las calles de Guadalajara, el rumor era que entre sus muros se había producido la llegada de un vampiro.

Hubo una reunión entre las autoridades de la ciudad y se convocó a cualquier experto, estudioso o caza recompensas que los librara de esa maldición. Se presentaron varios candidatos, pero la mayoría eran simples aficionados, estafadores o gentes sin experiencia en el mundo de lo esotérico. Finalmente, tras una larga espera, pudieron dar con la persona indicada.

El hombre en cuestión les indicó que para hacer salir a un vampiro de su escondite, hay dos opciones muy útiles: la primera es quemar el lugar en donde se supone que mora. Aunque la noche aún no haya caído, la amenaza del fuego lo despertará; se verá acorralado y no podrá escapar, acosado por un lado por los enfurecidos vecinos, y por otro por la luz solar. No obstante, existía en este caso un problema: nadie sabía dónde se guarecía el vampiro. Surgió entonces la segunda vía: acosar al vampiro con el hambre. Pronto el pueblo fue un desierto: no hubo ni hombre ni mujer ni niño ni animal que aventurara por las calles, ni por la noche ni durante el día. Previo a ello, por supuesto, habían acopiado gran cantidad de provisiones para soportar la espera.

Cuando hubieron pasado unas dos semanas, al caer el sol, el cazador de vampiros avistó a un hombre alto, enjuto, moviéndose con lentitud por calles periféricas de Guadalajara. Él y un grupo de vecinos armados con estacas y cruces lo rodearon. El vampiro, desesperado por la falta de sangre, intentó atacarlos, pero la fuerza del número lo derrotó y pronto fue prisionero de la partida. Mientras decidían que hacer con él, el cazador de vampiros fue terminante: no se deja vivir al vampiro, hay que destruirlo o eventualmente se recuperará y matará a todo el pueblo. El vampiro fue muerto con una estaca en el corazón, decapitado y quemado. El caza recompensas recibió su cuantiosa paga y se marchó. Pero algo salió mal y arruinó el final feliz que la gente de Guadalajara esperaba.

En lugar de esparcir las cenizas del vampiro a los cuatro vientos, para que ni sus partículas más ínfimas no puedan reunirse nunca, los pobladores torpemente enterraron los últimos restos del vampiro en el cementerio de Guadalajara, a la sazón en un lugar llamado el Panteón de Belén. Fue allí que, con el paso de las décadas, la frágil vida del vampiro, al estar en contacto con la tierra, de a poco recobró algo de su fervor y se aferró desesperadamente a un árbol cuyas raíces comenzaron a asomar por debajo de la tumba. Afortunadamente alguien notó este negro milagro y se tomaron medidas: por miedo a que el vampiro pueda escapar, está prohibido abrir la tumba, pero toda raíz o tronco o tallo u hoja que asoman por entre la piedra es cortado y quemado. La tradición de impedir que el vampiro del Panteón de Belén regrese se transmite de generación en generación.

Esta leyenda, aun con sus muchas diferencias, se asemeja a la de Belek, el enano vampiro que en un tiempo marcó a la ciudad de Buenos Aires con sus correrías.

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