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El callejón del Diablo

Fraude y misterio en el Distrito Federal

Por

El callejón del Diablo

El pentagrama invertido, uno de los símbolos del satanismo

Foto: McSush

En esta curiosa leyenda mexicana, se mezclan el mito urbano, el fraude, la credulidad, pero también el misterio y las incógnitas no resueltas acerca de realidades paralelas. El sitio de marras es el llamado callejón del Diablo, un lugar en otros tiempos oscuro y lúgubre que se dilataba entre la ahora avenida Río Mixcoac hasta la calle Campana. Algunas versiones aseguran que en ese lugar, un descampado sin más referencias que un grupo de tétricos árboles y una casucha sin habitantes comprobables, era sitio de ritos diabólicos o de realidades inconfesables e incomprobables como un aquelarre. Fuera lo que fuese, nadie se aventuraba a poner un pie allí luego de la caída del sol. Todos los rumores posibles, creíbles o increíbles, corrían sobre ese lugar.

Fue entonces que dos pícaros concibieron una idea para ganar dinero a través de la sencillez del alma humana. Afirmaron haber pasado por el callejón a altas horas de la noche y haber sido abordados por un desconocido con aspecto extraño y aterrador, una mezcla entre Lucifer y el charro negro, que los había interpelado y les había exigido tributo para pasar por allí, so pena de asesinarlos y de arrastrar al infierno sus almas. Los dos hombres dijeron haber entregado cuanto poseían, gracias a lo cual estaban vivos, y haber oído de parte de aquel misterioso hombre una amenaza: si el pueblo no proseguía con sus ofrendas, una terrible desgracia se abatiría sobre todo. Y encima de todo esto, esta criatura daría rienda suelta a sus instintos y comenzaría a matar pobladores para llevárselos al infierno. Para evitarlo, era preciso depositar ofrendas de valor en el centro del callejón y dejarlas allí para que con la caída de la noche ese espíritu inmundo se saciara.

Quizás algún vecino haya sospechado de la versión de estos ladronzuelos; pero si fue así, nadie lo dijo en voz alta. Desde aquel día los habitantes de los barrios aledaños al callejón se afanaron en satisfacer las ansias de oro del Diablo: dinero, alhajas, valores, todo cuento poseían los lugareños fue dejado en la vacía soledad del callejón. Naturalmente, nada de todo esto permanecía con la llegada del día; a la mañana todo había desaparecido. Durante meses la historia fue la de costumbre: los pícaros se alzaban con el botín y repetían ante quien lo requiriera que era necesario hacer este sacrificio. Incluso contaron la historia en varios vecindarios aledaños, con distinta suerte.

Todo seguía su curso normal y las arcas de estos tahúres se llenaban de oro, hasta que un día, al amanecer, todo cambió. Alguien notó que los tesoros depositados la noche anterior seguían allí, no habían sido tocados por nadie. Uno de los vecinos recordó dónde vivían los otros hombres. Acudieron todos hasta allí, con la esperanza de encontrar noticias, pero en lugar de a los dos deshonestos amigos, hallaron la casa en perfecto orden, con la cena dispuesta, las ropas dobladas para comenzar la jornada al día siguiente, las camas preparadas para el sueño. Pero no había rastro de ellos. Estaban, sin embargo, todo el dinero, las joyas y los objetos de valor que habían saqueado del sitio de ofrendas que ellos hasta ese momento habían controlado.

¿Qué había sucedido? Varias hipótesis se tejieron: que habían huido (pero… ¿por qué no llevarse el tesoro? Otra versión fue que el remordimiento los había torturado y se habían marchado del pueblo dejando las posesiones a sus verdaderos dueños. Sin embargo, el engaño había sido demasiado bueno y no se sabe de pillos de esta calaña que sean acosados por remordimientos y escrúpulos. Una tercera teoría tomó más cuerpo: que el verdadero dueño del callejón del Diablo, enfadado por el sacrilegio que se estaba cometiendo en su nombre, había tomado horrible venganza contra los ofensores, quienes estarían, para esas horas, ardiendo en el infierno.

Por si las dudas, la gente se cuida aún hoy en día de pasar por el callejón del Diablo.

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