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Cinco leyendas mexicanas

El país donde reina el miedo

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Cinco leyendas mexicanas

Plaza de la Solidaridad en memoria a las víctimas del terremoto del 19 de septiembre de 1985.

Foto: JEDIKNIGHT1970

Si existe una nación en la cual el apetito por el misterio se cruza con la experiencia paranormal, se trata sin dudas del país azteca. La combinación de numerosos aportes culturales autóctonos, sumados al legado hispánico, alimentan un folklore que se remonta a períodos precolombinos y que no ha hecho sino acrecentar su influencia con el paso de los siglos, dando lugar a una enorme cantidad de mitos, leyendas y leyendas urbanas.

1) El charro negro

Un hombre alto, de aspecto elegante, de impecable traje negro compuesto por una chaqueta corta, una camisa, un pantalón ajustado y un sombrero de ala ancha deambula en la profundidad de la noche en los solitarios tramos que unen los pequeños pueblos del México rural sobre el lomo de un caballo enorme y de color azabache. Quienes han tenido trato con él lo presienten el Diablo. No ignora a los hombres, a los que ofrece amable conversación, pero su clara preferencia son las mujeres, a las que seduce con mirada elocuente y palabras cálidas. Nada malo puede decirse del charro negro si el viajero se limita a permitir su compañía hacia su lugar de residencia; si se acerca el amanecer, se despedirá cortésmente y se marchará con tranco lento, al igual que si el sendero que recorre lleva a las cercanías de una iglesia. Pero si, por el contrario, la mujer cede a sus ofertas de aligerar el viaje y condesciende a montar el caballo, esa acción será el principio del fin: una vez sobre el animal, la infortunada descubre que es imposible apearse. Es entonces cuando el charro negro vuelve su montura y se aleja, con rumbo desconocido, sin hacer caso de los ruegos o los gritos de su víctima, a la que no se vuelve a ver jamás.

2) El carro de las brujas

El avistamiento de un carro rojo en el que circula un grupo de mujeres bellísimas a gran velocidad (algunos dicen dos, otros tres, quizás hasta cinco) se produce generalmente en la carretera que une el Distrito Federal con Cuernavaca, pero con el tiempo el carro rojo es visto con irregular frecuencia en sitios de México muy alejados entre sí. Sólo si se es varón se tienen posibilidades de toparse con el carro y las hermosas mujeres que vociferan su alegría dentro de él, las que sugerirán tentaciones imposibles de resistir mientras con palabras y gestos invitan al hombre, en algún recodo del camino inaccesible a otros ojos, a subir. Si lo hace, pocas jornadas después su cuerpo aparecerá, sin vida, al costado de la carretera, con signos de haber sido objeto de algún tipo de ritual: inequívocos símbolos de cultos olvidados o de liturgias sangrientas se hallan esparcidos por la piel de la víctima, como si hubiese sufrido el destino de las bestias sacrificadas en los aquelarres. Hay quienes afirman que el color escarlata que recubre al carro se fabrica con la sangre de los incautos.

3) La casa de los tubos

En la localidad de La Escondida, en Monterrey, muy cerca de la iglesia de Cristo de la Montaña se yerguen las ruinas de aquello que los lugareños llaman la casa de los tubos. La leyenda, en este caso, comienza con una buena intención: el padre de una joven, afectada por la parálisis, decide construir para su hija una mansión de extraño diseño cilíndrico, cuyas habitaciones y pisos estarían unidos por rampas para que así la circulación de la silla de ruedas en la que se desplazaba su hija no se viese afectada por los obstáculos comunes a los hogares corrientes. Desde el principio el proyecto fue teñido por la desgracia: dos trabajadores murieron durante la construcción en accidentes inexplicables, el plan avanzaba lentamente y los lugareños veían al edificio como una extraña torre de Babel cuya presencia era claramente ominosa. La tarde en la que la joven fue llevada a la casa para observar el progreso de la obra, una imprudencia provocó que su silla de ruedas se deslizara por una de las rampas y que tanto ella como la niña se precipitaran por una ventana, hacia la muerte. El desconsuelo del padre lo llevó, según cuentan los memoriosos, en principio al alcohol y luego al suicidio. La casa fue abandonada a medio construir y un sinnúmero de hechos desgraciados se abatieron sobre ella: más muertes de visitantes, pactos suicidas que se llevaron a cabo en sus dependencias, accidentes fatales y la posible presencia del fantasma de la niña muerta pueblan de gemidos de angustia las noche de los alrededores de la casa de los tubos hasta el día de hoy.

4) Los niños del terremoto

A las 7:19 AM del 19 de Septiembre de 1985 el más destructivo terremoto de la historia de México arrasó varias zonas del occidente y centro del país, entre las que se contaba el Distrito Federal. El recuento de muertos, que llegó a los diez mil, afectó principalmente a trabajadores de escuelas y hospitales, y a los niños que concurrían a establecimientos educativos, prestos a comenzar las clases en ese horario. La imprevisión a la hora de construir escuelas, inadecuadas para soportar los frecuentes sismos que afectan a México, hizo de los escolares víctimas en una proporción inusitadamente alta. Muchas escuelas fueron mudadas de sitio y en su lugar se erigieron otras construcciones, sin relación alguna con la educación. Décadas después, sin embargo, la algarabía de los niños, sus juegos infantiles, sus chanzas, son oídos misteriosamente por transeúntes o moradores de construcciones que al momento del desastre lindaban con escuelas o institutos, hoy ubicados lejos de su emplazamiento original, como si sus espíritus se negaran a interrumpir el inicio de las clases aun desde el otro lado de la muerte. Si estás en México y deseas investigar más sobre la presencia del espíritu de los niños del terremoto, quizás quieras utilizar un tablero Ouija para intentar contactarte con ellos.

5) La penitente

No sólo en la ciudad de México es posible escuchar esta historia, pero sí es tal el lugar en donde se halla mayor difusión: una anciana mujer asciende un taxi; el conductor pregunta adónde desea que la lleve. Ella inicia un periplo que la llevará de iglesia en iglesia. De cada sitio de oración la mujer regresa al vehículo envuelta en llanto y con rezos en los labios. El itinerario dura alrededor de dos horas, hasta que por fin la mujer indica al taxista que la conduzca a su casa, en donde sus familiares pagarán por el servicio, que no ha sido barato. Una vez en la puerta del hogar, la mujer desciende diciendo que irá por el dinero, pero largos minutos pasan y nadie se asoma a abonar la tarifa. El taxista, fastidiado, llama a la puerta con acritud. Cuando se presenta un ocupante, se queja del comportamiento de la anciana y reclama su paga. En la casa, a la que ha accedido tal vez sospechando un ardid o una broma, le explican que la mujer ha muerto hace años, y es probable que hasta le exhiban entrañables fotografías de los últimos años de la abuela. El conductor, si es que ha llegado a sus oídos la leyenda, cae en la cuenta de que ha servido de chofer a la penitente, un espíritu que adopta la forma de muchas viejas mujeres para concurrir a rezar a templos, tratando de expiar quién sabe qué pecado.

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