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Fantasmas de los Césares (cuarta parte)

El vagar de los espíritus de los hombres más poderosos de la Historia.

Por , Guía de About.com

Si has leído la primera, segunda y tercera parte de esta saga que trata de la leyenda de los fantasmas de los emperadores, en la cuarta entrega repasamos el final de la dinastía de los Antoninos y llegamos a la crisis del año 193, en la cual el imperio más formidable de la Historia fue subastado al mejor postor. Los errores y las iniquidades de estos tiempos serán lamentadas por sus autores a lo largo de los siglos que constituyeron el porvenir.

1. Antonino Pío (86-161 d.C.)

Foto: Steerpike

Nada hace pensar que el destacado sucesor de Adriano, quien dirigió al Imperio durante uno de los reinados más largos y prósperos, haya dejado atrás algún tipo de cuestión pendiente que lo haya obligado a vagar por el bajo astral. Sin embargo, así es: su espíritu es visto regularmente en los alrededores de Lorium, a unos veinte kilómetros al oeste de Roma , lugar en donde falleció. La razón es sencilla: si bien Antonino presidió un mandato pacífico y próspero, los problemas dentro y fuera del Imperio estaban gestándose a velocidad pasmosa sin que se le prestase a ese hecho alarmante demasiada atención. Sus sucesores pagarían caro estos descuidos. El espectro de Antonino ruega en vano por una oportunidad para enmendar sus errores.

2. Marco Aurelio (121-180 d.C.)

Foto: Bibi Saint-Pol

Según el historiador Dión Casio, el final del reinado de Marco Aurelio marcó el pasaje de una época de oro a una de hierro y herrumbre para el Imperio Romano. Existiendo varios otros candidatos mucho más capacitados, es aún hoy inexplicable el hecho de que el viejo y sabio emperador, muerto en la vieja Vindobona (la actual Viena , en donde puede verse a veces a su espíritu vagar)haya elegido a un joven problemático, de escasas capacidades administrativas y militares y dado a todo tipo de excesos como su hijo Cómodo. Quizás sea ese el amargo reproche que se hace su espectro en la siempre vigente capital austríaca.

3. Cómodo (161-192 d.C.)

Foto: Jastrow

Pocas cosas buenas pueden decirse de este emperador; de entre las malas, bastará consignar que en un rapto de extrema soberbia pretendió cambiar el nombre de la capital del Imperio, Roma, y suplantarlo por el de Colonia Commodiana, en su honor, así como nombrar los meses del año de acuerdo a sus numerosos apelativos. Como si no bastara una única forma de muerte, el Senado y los pretorianos, hartos de sus iniquidades, lo envenenaron y al mismo tiempo lo estrangularon. Cómodo merecía peor suerte que la de ser enterrado en el Mausoleo de Adriano , pero aparentemente manos caritativas se apiadaron de él. Ese es el lugar en donde su tormento puede verse si se tiene la desgracia, al pasear por Roma, de toparse con su espíritu.

4. Pértinax (126-193 d.C.)

Foto: Codrinb

El reinado de Pértinax sólo duró tres meses, e inauguró el tumultuoso Año de los Cinco Emperadores. Impuesto en el trono luego del asesinato de Cómodo, Pértinax intentó revivir las razonables costumbres y medidas de la época de Marco Aurelio, incluyendo reformas en la economía y en la disciplina militar, gravemente erosionada por la relajación de los pretorianos. Sus objetivos no fueron del agrado de todos, lo que motivó varias conjuras, hasta que finalmente, la propia Guardia Pretoriana lo asesinó en el palacio imperial. Desde entonces el espíritu de Pértinax vaga lamentando el que se le haya negado la oportunidad de reformar las instituciones para bien el Imperio.

5. Didio Juliano (133-193 d.C.)

Foto: Tataryn77

Tras la muerte de Pértinax, la Guardia Pretoriana subastó al Imperio al mejor postor. La puja quedó reservada a dos competidores: Tito Flavio Sulpiciano, prefecto de Roma y suegro de Pértinax, y el senador Didio Juliano, quien ganó la púrpura la ofrecer un donativo de veinticinco mil sestercios a cada miembro de la Guardia. Pese a ser nombrado emperador, varios generales se negaron a reconocer su autoridad; entre ellos el futuro emperador Septimio Severo , quien avanzó con sus legiones hacia Roma y forzó a los pretorianos a abandonar a Didio Juliano a su suerte. Éste fue asesinado por su guardia tan sólo tres meses después de haber ascendido al trono, tal como le sucediera a Pértinax. El espíritu de Didio Juliano se reprocha haber perdido la fortuna y la vida en una empresa alocada y recuerda, como tantos otros antecesores, la cruel realidad de la maldición de los Césares, de la que pocos gobernantes del Imperio han logrado escapar.

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