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La casa de la calle Aramberri

Crímenes que se empeñan en regresar del más allá.

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La casa de la calle Aramberri
Foto: Desk

Sin lugar a dudas, la leyenda más escalofriante que sacude a la localidad de Monterrey, capital del estado de Nuevo León, es la que concierne al escalofriante crimen cometido en la llamada casa Aramberri, así denominada por estar ubicada en el número 1206 de la calle Silvestri Aramberri. Hoy una construcción abandonada y ruinosa, muchas décadas atrás fue hogar de una familia acomodada. Precisamente esa supuesta afluencia de dinero fue el motivo del crimen, pues se rumoreaba que la familia guardaba en el lugar un cofre con monedas de metales preciosos. Más probablemente, la noticia de que las personas que allí vivían habían acopiado cuantiosos ahorros debió haber llegado a oídos equivocados.

Sucedió el 5 de Abril de 1933: estando ausente el jefe de la familia, un grupo de delincuentes penetró en la casa y asesinó a la madre, Florinda Montemayor, y a su hija, Antonia Lozano, de manera muy cruel, para luego huir con las pertenencias. Alertadas las autoridades, quedaron asombradas por el salvajismo del crimen cometido. Al mismo tiempo, la sospecha se cerró sobre el círculo íntimo de la familia, ya que los investigadores constataron que la puerta de entrada no había sido forzada y que las infortunadas mujeres habían franqueado el acceso a sus agresores. Un detalle, si se quiere jocoso, dentro de la tragedia, fue que la mascota de la familia, un loro, repetía incansablemente unas palabras que serían fatídicas: No me mates, Gabriel. La policía no hizo oídos sordos a esta pista y se ordenó inmediatamente una intensa búsqueda del mencionado Gabriel entre los conocidos de la familia. Para asombro de todos, resultó ser sobrino de la señora Florinda, y en su poder se hallaron inequívocas pruebas incriminatorias: él y dos secuaces habían planeado el robo y el asesinato de las mujeres, a las que mataron cruelmente para no ser más tarde reconocidos. Arrestados y en espera de un muy dura condena, fueron muertos por la policía en un intento de huida, a la que la gente calificó como una venganza ordenada por el señor Lozano, padre y esposo de las mujeres asesinadas. El crimen, con el tiempo, fue borrándose de la memoria de los atribulados vecinos, pero no los extraños sucesos que se desencadenarían de ahí en más en la casa Aramberri.

En primer lugar, gritos y ayes de dolor comenzaron a escucharse por las noches, y la explicación fue clara e inmediata: los espíritus de las mujeres asesinadas no consiguen descansar en paz. Pero a tales sucesos paranormales se agregó el hecho de que personas vinculadas a la brujería y al satanismo buscaban introducirse en la casa para llevar a cabo ritos y sacrificios de animales, por lo que las puertas y ventanas de la casa debieron ser selladas y enrejadas para evitar intromisiones. Aun así, individuos con distintos fines se las arreglaban para entrar, sea haciendo agujeros en la pared o por el techo, de modo que el lugar no podía descansar en paz. Reportes no confirmados hablan de una segundo asesinato dentro de la casa, que fue desmentido por la policía, probablemente con el fin de evitar la incitación a nuevas intromisiones y nuevas tropelías. Se ignora si se trató de un homicidio, un suicidio o un sacrificio humano. Hoy día la casa Aramberri permanece cerrada y tapiada, pero a causa de su pasado trágico y de la leyenda que la rodea, tampoco puede descansar en paz.

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